Viernes 19 de Diciembre de 2014
01 may 2011

LA FOTO DEL ALMUERZO DE BORGES Y SABATO CON VIDELA

“EL VUELO” DIÁLOGO CON SCILINGO

—¿ Usted leyó el Nunca Más?

—No lo leí en forma imparcial, sino como una publicación parcial hecha por el enemigo. Tal vez tendría que releerlo en este momento.

—Ahí se relata exactamente lo mismo que usted vivió.

—Siempre creí que el juicio a los ex comandantes era político. Porque estaba convencido de todo lo actuado. En esa época creía que Sabato era subversivo y ahora me doy cuenta que eso era una tontería. ¡Sabato!

Reportaje a Leonardo Castellani

El 19 de mayo de 1976, el entonces presidente Jorge R. Videla almorzó, en la Casa de Gobierno, con los escritores Ernesto Sábato, Jorge Luís Borges, Leonardo Castellani y el presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, Horacio E. Ratti.

Dos semanas antes del almuerzo entre los escritores y el presidente, el escritor Haroldo Conti era secuestrado de su casa por un grupo de tareas. De allí en más habría de ser un desaparecido. Con el tiempo se supo que en la reunión gastronómica la suerte de algunos artistas secuestrados fue un tema que se habló tibiamente y que el cura Castellani preguntó por la situación Haroldo Conti. ¿Don Ernesto? Guardó silencio.

Dictadura, encuentro con intelectuales. En la foto Horacio Ratti, Videla, Borges, Sabato,el Padre Castellani y el Gral. Villareal.

A su término, los invitados atendieron a la prensa en la misma explanada de la Rosada. Sábato señaló que “hubo un altísimo grado de comprensión y respeto mutuos. En ningún momento la conversación descendió a la polémica literaria o ideológica” (La Opinión, 20/5/76). También expresó su inquietud por “la prisión del escritor Antonio di Benedetto” (La Razón, 19/5/76).

Proceso Dictadura En la foto Horacio Ratti, Videla, Borges, Sábato, fragmento

Castellani, por su parte, habló de su preocupación —también lo relata en el reportaje— por Haroldo Conti, “un cristiano que fue secuestrado hace dos semanas y del que no sabemos nada” (La Opinión, 20/V/76).

Ratti comentó haber dejado una lista de reivindicaciones e inquietudes y Borges hizo mutis por el foro.

Un mes más tarde, la revista Crisis —aún bajo la dirección de Eduardo Galeano y Federico Vogelius—procuró conversar con los protagonistas.

“Requerido por teléfono para una entrevista, Ernesto Sábato afirmó: ‘yo no hago declaraciones para la revista Crisis’, Borges, a su vez, dijo no tener tiempo y. lamentablemente, su disponibilidad de horarios excedía los límites del cierre editorial de esta publicación. Si, en cambio, pudieron ser entrevistados los escritores Leonardo Castellani y Horacio Esteban Ratti”. (Crisis, julio de 1976)

Este fue el último número que la revista pudo publicar. De allí extraemos este reportaje al cura Castellani, quien puntualiza detalles de lo conversado —son notorias las diferencias con la versión de Sábato— en aquel significativo encuentro.

—Padre Castellani, durante varios días un amplio sector de la opinión pública no hizo más que comentar el almuerzo entre les escritores y el presidente Videla…

—Bueno, es cierto, pero la gente se olvida de que fue nada más que un almuerzo y en los almuerzos se come más que se habla…

—Pero usted y los demás escritores fueron invitados para conversar sobre ciertos temas…

—Sí. En realidad, el más callado fui yo. Dije algunas cosas pero quienes más hablaron fueron los demás, sobre todo Sábato y Ratti que llevaban varios proyectos.

— ¿Y el presidente?

—Él y yo fuimos los más silenciosos. Videla se limitó a escuchar. Creo que lo que sucedió es que quienes más hablaron, en vez de preguntar, hicieron demasiadas propuestas. En mi criterio, ninguna de ellas fue importante, porque estaban centradas exclusivamente en lo cultural y soslayaban lo político.

Sábato y Ratti hablaron mucho sobre la ley del libro, sobre el problema de la SADE, sobre los derechos de autor, etc.

—Bueno, padre, al fin y al cabo, en una reunión de escritores…

—Sí, pero la preocupación central de un escritor nunca pueden ser los libros, ¿no es cierto? Yo traté de aprovechar la situación por lo menos con una inquietud que llevaba en mi corazón de cristiano. Días atrás me había visitado una persona que, con lágrimas en los ojos, sumida en la desesperación, me había suplicado que intercediera por la vida del escritor Haroldo Conti.

Yo no sabía de él más que era un escritor prestigioso y que había sido seminarista en su juventud. Pero, de cualquier manera, no me importaba eso, pues, así se hubiera tratado de cualquier persona, mi obligación moral era hacerme eco de quien pedía por alguien cuyo destino es incierto en estos momentos. Anoté su nombre en un papel y se lo entregué a Videla, quien lo recogió respetuosamente y aseguró que la paz iba a volver muy pronto al país.

— ¿Qué afirmaron los demás asistentes?

—Fíjese que curioso: Borges y Sábato, en un momento de la reunión, dijeron que el país nunca había sido purificado por ninguna guerra internacional. Ellos, más tarde lo negaron, así como aseguraron decir cosas que, en realidad, no dijeron. Pero hablaron de la purificación por la guerra.

Lo interesante es que el presidente Videla, que es un general, un profesional de la guerra, los interrumpió para manifestar su desacuerdo. Creo que eso le desagradó mucho, pues motivó una de sus pocas intervenciones. A mí también eso me cayó como un balde de agua fría, por lo tremendo que eso significa.

Además, por lo incorrecto: se olvidan que la Argentina atravesó varias guerras internacionales, como la de la independencia, la del bloqueo anglo-francés, la del Paraguay, y más bien que de esas contiendas no salió purificada.

—Quizás ellos quisieron decir que la situación difícil de la Argentina no se justificaba, pues, a diferencia de Europa, no había sufrido ninguna guerra…

—Vea, en lo que va de este siglo Europa sufrió ya dos guerras mundiales, pero no por eso es más pura que la Argentina. Al contrario… Por eso le digo que de ese almuerzo, si es por lo que se habló, no puede haber salido algo muy positivo o trascendente. A lo mejor, el presidente se llevó una impresión favorable y pudo rescatar algunas ideas que allí se lanzaron, pero nada más.

—Su balance, entonces, no parece muy optimista…

—No, ni puede serlo. Sábato habló mucho o peroró, mejor dicho, sobre el nombramiento de un consejo de notables que supervisara los programas de televisión. En Inglaterra funciona una instancia similar, presidido por la familia real e integrado por hombres notorios de todas las tendencias.

Cuando estuve hace mucho en Inglaterra, Chesterton me habló de ese consejo del cual él formaba parte y que, por aquel entonces, supervisaba sólo la radie, ya que la televisión todavía no existía. Eso quería Sábato que se hiciese en la Argentina. Borges dijo que él no integraría jamás ese consejo de prohombres. Sábato, entonces, agregó que él tampoco. Yo pensé en ese momento para qué lo proponían entonces. O sea que ellos embarcaban a la gente pero se quedaban en tierra. Personalmente, no creo que ese consejo sea una decisión muy importante…

—Dentro de su larga experiencia, ¿qué significa este almuerzo?

—Para mí fue un hecho agradable, pero no muy trascendente. Al menos, que los hechos posteriores demuestren lo contrario, como por ejemplo, que aparezca el escritor Haroldo Conti. Algunos me habían pedido que intercediera también por varios ex funcionarios cesanteados aparentemente en forma injusta. Pero no quise hacerlo, pues me pareció que esos casos desdibujarían la dramaticidad de la situación de Conti, por cuya vida se teme…

— ¿No se plantearon los cuatro asistentes hacer un balance juntos de esa experiencia que los involucraba?

—Al salir, había una nube de periodistas y los fotógrafos eran interminables, parecían formar de seis en fondo. Borges aprovechó algún vericueto para retirarse rápidamente. Antes de hacerlo nos invitó para que fuéramos a su casa a tomar un café. Cuando Sábato, Ratti y yo logramos zafarnos del asedio periodístico, nos fuimos hasta la casa de Borges, pero ahí nos llevamos una sorpresa. Una persona que nos abrió la puerta dijo que Borges no nos podía atender porque estaba en cama con fuertes dolores de estómago. En fin, son cosas que pasan…

Borges y Sabato

ERNESTO SÁBATO SE DEFIENDE

Fragmentos de un artículo del 14/6/1981 firmado por Sábato y publicado por el periódico colombiano El Espectador, donde responde a uno anterior escrito por Gabriel García Márquez.

Aquí Sábato cuenta su versión y los pormenores del almuerzo que él y otros tres intelectuales argentinos compartieron con Videla en mayo de 1976, y por el que fue muchas veces criticado.

ACLARACIÓN A GARCIA MARQUEZ

El 19 de abril de este año, García Márquez publicó en El Espectador, de Bogotá, un artículo titulado “La última y mala noticia sobre el escritor Haroldo Conti”. Como tuvo repercusión en todo el ámbito de la lengua castellana y porque en él se escriben palabras que me afectan personalmente, me veo obligado a responder.

El artículo se refiere al secuestro del escritor argentino Haroldo Conti en los primeros momentos del gobierno militar que accedió al poder mediante el golpe de marzo de 1976.

Dice en el párrafo en que me alude:

“Quince días después del secuestro, cuatro escritores argentinos -y entre ellos los dos más grandes- aceptaron una invitación para almorzar en la casa presidencial con el general Jorge Videla. Eran Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Alberto Ratti, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, y el sacerdote Leonardo Castellani.

Todos habían recibido por distintos conductos la solicitud de plantearle a Videla el drama de Haroldo Conti. Alberto Ratti lo hizo, y además entregó una lista de once escritores presos. El padre Castellani, que entonces tenía casi 80 años y había sido maestro de Haroldo Conti, pidió a Videla que le permitiera verlo en la cárcel”.

Cuando se da una información de tal gravedad, se debe ser muy cuidadoso con cada una de las palabras y estar rigurosamente seguro de las fuentes. Tal como se presenta aquí el hecho, aparezco como un señor que va a almorzar con Videla, manteniéndose en silencio sobre el gravísimo hecho de un secuestro a un escritor conocido, o hablando de la comida cuando en el país se cometían centenares de crímenes. Por lo visto mis innumerables y conocidas denuncias de esos crímenes en todos los diarios del mundo, empezando por los de mi país, no me ponen a cubierto de esta clase de comentarios injustos. Pero veamos cómo se desarrollaron los hechos.

A las pocas semanas de instaurada la dictadura militar, fueron invitados a conversar con el presidente diversas figuras representativas del país -empresarios, abogados, médicos, académicos, economistas, periodistas- para enterarlos de los motivos que las fuerzas armadas habían tenido para terminar con el régimen anterior y para reprimir la subversión; conversaciones que tenían por fin, también recibir opiniones de los diversos sectores.

En el caso de la reunión a la que yo concurrí, se dijo que la presencia de un escritor liberal como Borges, de uno de la izquierda democrática como yo, del presidente de la Sociedad de Escritores, y de un sacerdote proveniente del nacionalismo de derecha como Castellani, aseguraba representatividad a los sectores culturales no comprometidos con el terrorismo.

Era idea generalizada en todos los argentinos que Videla encarnaba la parte moderada de las fuerzas armadas y que era estrechamente vigilado por los generales, almirantes y brigadieres duros. Precisamente por esta característica, fui instado, ante mi vacilación, por personas eminentes del campo democrático y del sindicalismo, a que concurriera, como una posibilidad de que alguien pudiera denunciar los gravísimos delitos que se estaban cometiendo; así, por mi casa desfilaron en aquellos días cantidad de argentinos angustiados, incluyendo padres y madres de desaparecidos que me rogaban, muchas veces entre sollozos, hablara ante el presidente por todos los que no podían hacerlo, y en la vaga esperanza de que Videla pudiese influir sobre los militares más implacables.

En tales condiciones acudí a la entrevista. Lo que allí sucedió -felizmente- está registrado con toda amplitud y fidelidad en el diario La Razón de esa misma tarde, 20 de mayo de 1976, y en la página entera que La Opinión, dirigida por J. Timerman, dedicó a mis declaraciones textuales durante el encuentro. Esos son los únicos documentos a los que debe remitirse quienquiera que quiera aplaudir o reprobar mi asistencia; pues siendo de extremada importancia política y conteniendo graves acusaciones contra el gobierno no fueron desmentidas ni en una sola palabra por la Presidencia de la Nación, ni en aquel momento ni nunca después.

En esos dos diarios García Márquez encontrará la descripción textual de la entrevista, mis denuncias sobre las persecuciones, mi defensa de la libertad y de un estado de derecho. Por otra parte, durante este trágico lapso he hecho innumerables declaraciones en el mismo e invariable sentido…

…y, en fin, la declaración hecha a la Comisión de los Derechos Humanos de la OEA, que me visitó el día 10 de setiembre de 1979, publicada en todos los diarios de la Argentina y algunos del extranjero.

Publicado por Francisco José Bessone en Archivo, Historia

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